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Entendiendo las raíces emocionales, la familia
(por Victoria Sánchez)

La familia, ese núcleo cercano que nos acompaña a lo largo de la vida, que se transforma, que se une y desune, que creamos, con quienes aprendemos a relacionarnos, con quienes ensayamos desde pequeños, esa fuente de apoyo y también de conflicto, de inicio del aprendizaje. Un concepto esencial  en nuestra sociedad y que cuenta con infinidad de definiciones, dependiendo de en qué comunidad consultes.



Nuestra base como seres humanos es la nutrición relacional y emocional que recibimos en nuestras familias desde la más tierna infancia, una semilla de apego que acompaña nuestro ciclo vital, que influencia nuestra interpretación del mundo, incluso cómo pensamos, cómo sentimos, o cómo creemos que nos ven los demás y cómo nos vemos a nosotros mismos.

Aunque Skinner y Huxley tendrían mucho que decir al respecto, pues en sus novelas, Walden dos, y, Un Mundo feliz, respectivamente, describen una “adaptativa” evolución del ser humano desarraigado. ¿Sería una advertencia?

Lo que parece indiscutible es el valor añadido que supone para una persona en tratamiento (psicológico, psiquiátrico, o biopsicosocial como en nuestro centro), contar con el apoyo de algún familiar o persona significativa de su entorno que les muestre confianza. Por ello, esa suma de la persona y de su familia, es uno de los pilares de nuestro tratamiento.

Las dificultades no sólo se dan en las personas,
aunque previamente se les haya etiquetado con un diagnóstico,
sino en las familias,
pues el trastorno convive con todos los miembros de la familia,
que están bajo el mismo techo.

Por ello, hoy destacamos su importancia como un semillero de emociones, donde comienzan, se entienden, se desarrollan y algunas se crean (como la vergüenza y la culpa).

Cada familia es como una tribu con sus propias normas, con su complejidad, con sus vivencias y aniversarios comunes, con sus ideas y con su legado. Una tribu en la que se respira cambio, dinamismo, que evolucionan, que crecen. Todos esos componentes de las familias aportan seguridad, estabilidad, equilibrio, pero también tiene una cara B, pues limitan, cuestionan, restan autonomía. Ese legado que cada persona tiene fruto de pertenecer a una familia, nos influye notablemente a la hora de movernos en el mundo, de observarlo, de sentirlo, de buscar nuestro propio espacio, e incluso de conocernos o de relacionarnos.



Hablo sobre todo de la manera de pensar de cada familia y cómo ha podido influir, su rigidez, su flexibilidad, sus creencias, en qué momento social se encontraba esa familia, de qué recursos disponía. Una huella que se apreciará en la construcción de la personalidad. Podemos por ejemplo, reflexionar sobre las frase que socialmente se han propagado y que coloquialmente hemos mencionado alguna vez:

– Cuando seas mayor comerás huevos
– Mientras vivas en estas casa,...
– En esta familia se ama sin condiciones
– Te pareces a …
– No está permitido equivocarse
– No te lo puedes permitir
– En esta casa no queremos vagos
– Se te va a pasar el arroz
– Nosotros sabemos lo que te conviene
– Primero la obligación, después la devoción
– …

Estas frases, son algunos de los ladrillos del castillo emocional que nos construye interiormente, esquemas de pensamiento que se nos trasladan desde pequeños, que nos imponen y marcan una manera de pensar.

En muchos momentos, las personas necesitan distanciarse de estos mandatos, incluidos los sociales, o crear los  propios, algo que identifique a cada uno, aunque en otros casos, se heredarán. Pero será un proceso con obstáculos, ya que cuestionarse estas frases, implica sentir deslealtad, egoísmo, o culpabilidad. Parecerá que se tambalean los cimientos familiares, y eso conlleva bloqueo, miedo, culpa. No siempre se podrá romper con esa ideas y crear las propias. Se intenta en la adolescencia, cuando se compara la familia propia con la del grupo de iguales, de compañeros de colegio, se repite en la juventud, con primeras parejas con las que se contrasta “ah pues en mi familia no es así...”. Incluso para jugar con extraños al parchís, se  anuncia “oye, en mi casa se juega así”. Una frase que simboliza como se relaciona la persona, cómo le han enseñado y además se  muestro a los demás para que sepan cómo va a jugar.

Es muy importante saber de dónde venimos, entender nuestra familia, y como decía al principio contar con su apoyo y su confianza en diferentes momentos de la vida, pero también es esencial convertirse en una persona autónoma con su propia manera de pensar, de sentir, habiendo desafiado normas grupales, familiares o sociales, reafirmando integridad e identidad.

Sumar sentido de pertenencia y de individualidad. Comprender que alcanzar la autonomía e independencia vital, no es llegar al desarraigo o a la deslealtad, sino que forman parte del ciclo vital.


Linehan escribió “Vivamos una vida que merezca la pena  vivir”,
a lo que añadiría “y que cada uno haya construido, sin juzgarse”.

Victoria Sánchez Mújica
Psicóloga CRPD


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